Cada semana las redes sociales inventan una nueva tendencia, pero pocas resultan tan cuestionables como el «pheromone maxxing»: la idea descabellada de que dejar de ducharse, abandonar el desodorante y permitir que el sudor fluya libremente te hará irresistible ante posibles parejas. Según sus defensores, nuestras feromonas harían el trabajo sucio. La realidad, sin embargo, es mucho menos romántica y bastante más higiénica.
Cuando hablamos de feromonas, el problema empieza en la biología básica. En el reino animal, estas sustancias químicas generan respuestas automáticas y predecibles en los individuos de una especie —basta observar cómo una polilla macho viaja kilómetros atraído por la feromona de una hembra. Los humanos, lamentablemente para los defensores de esta tendencia, no funcionamos así. Nuestro órgano vomeronasal, la estructura encargada de detectar estas señales en otros mamíferos, es prácticamente un fósil evolutivo en los adultos: no está conectado de manera funcional a nuestro cerebro. Somos demasiado complejos, demasiado racionales, demasiado limpios para dejarnos guiar por el olor corporal sin lavar.
¿De dónde surge entonces esta creencia? Un experimento de los años 90 sembró la confusión. Investigadores pidieron a mujeres que olieran camisetas utilizadas durante varios días por hombres. El resultado fue sorprendente: preferían el olor corporal de hombres con un sistema inmunológico diferente al suyo, lo que evolutivamente tendría sentido para engendrar descendencia más resistente. Pero aquí viene lo importante: esos estudios operaban con muestras minúsculas, metodologías dudosas y, lo más relevante, medían preferencias olfativas en un laboratorio estéril, no decisiones reales de pareja en el mundo real donde intervienen factores como la personalidad, el humor, la conversación o, sí, la higiene personal.
Un estudio publicado en 2020 asestó el golpe final a esta fantasía higiénica. Los investigadores descubrieron que no existe evidencia convincente de que los humanos respondamos a feromonas con comportamientos automáticos. Aunque algunos compuestos como el estratetraenol podrían tener efectos menores, están completamente alejados de la promesa de atracción sexual casi involuntaria que vende internet. El sudor acumulado simplemente no es el afrodisíaco que muchos esperaban.
La ironía resulta jugosa: la mayoría de las personas rechazaría a alguien que huele a sudor rancio días después sin lavar. Tal vez eso sea toda la ciencia que necesitamos.






