Llevo años buscando esa receta que funcione a cualquier hora, que no pida más de treinta minutos y que todos en casa terminen limpiándose los dedos con pan. Las salchichas a la cerveza son exactamente eso: sencillas, contundentes, y con una salsa que pide a gritos más pan del que tienes en la mesa.
La verdad es que no tiene misterio. Mientras el aceite chisporrotea en la sartén bien caliente, metes las salchichas de carnicero y las doras rápido—apenas dos minutos por cada lado, justos para que cojan color. Luego las sacas, las apartas, y en esa misma sartén con los jugos pegados al fondo empiezas con el ajo. Un diente, picado fino, se dora en segundos. Si quieres un punto picante, aquí es donde entra la guindilla de Cayena, aunque es cosa de gustos. La cebolla cortada en juliana—unos doscientos cincuenta gramos—se añade con una pizca de sal y pimienta negra. Cinco minutos a fuego bajo, removiendo de cuando en cuando, y la cebolla ya está blanda y dulce.
Aquí vuelven las salchichas, acompañadas de dos o tres hojas de laurel. Subes el fuego fuerte, viertes doscientos mililitros de cerveza—cualquiera funciona, aunque una buena cerveza de malta le da otro caché—y esperas que la cosa hierva a borbotones durante unos minutos. Es ese momento donde el alcohol se evapora y los aromas llenan la cocina. Después bajas todo al mínimo, tapas la sartén, y te puedes ir a mirar el móvil durante quince minutos.
Si quieres darle un toque extra, media hora antes de que termine todo, añades una cucharada de mostaza a la antigua—la que tiene los granos enteros—y la mezclas bien. Otros diez o quince minutos sin tapa, y la salsa espesa, se adhiere a las salchichas, y ya está lista para pasar a la mesa.
¿Lo mejor? Que esto lo prepara cualquiera. No hay técnicas raras, no hay ingredientes exóticos. Solo cebolla, ajo, cerveza, salchichas y el fuego justo. Lo único importante es que busques un pan que valga la pena para acompañar, porque la salsa reclama ser fregada del plato.






