El solomillo de cerdo es la estrella de cualquier cocina que se precie. Versátil, generoso, capaz de absorber sabores como una esponja. Cuando lo cocinas en salsa, la carne se transforma: se impregna de cada nota aromática, se vuelve tierna, jugosa, casi se deshace en la boca. Esta receta lo demuestra de forma irrefutable, combinando la delicadeza del prosciutto italiano con la frescura de la albahaca en una salsa cremosa que justifica por sí sola cualquier esfuerzo en la cocina.
Para dos comensales necesitarás quinientos gramos de solomillo, cuatro lonchas finas de jamón prosciutto, mantequilla, doscientos mililitros de nata líquida, dos tomates pera, queso parmesano rallado, albahaca fresca, cebolla y ajo en polvo, sal, pimienta y un buen aceite de oliva. Nada complicado, nada que no tengas en casa.
Comienza cortando el solomillo en medallones gruesos. Salpimentalos con generosidad. Derrite la mantequilla en una sartén a fuego vivo y cocina los medallones dos minutos por un lado, apenas uno por el otro. La carne debe quedar sellada, con ese punto rosado en el interior que promete jugosidad. Retírala del fuego. En la misma sartén, aún caliente, pela y corta en dados los tomates. Cocínalos con un hilo de aceite durante dos minutos hasta que empiecen a liberar su jugo. Añade la cebolla y el ajo en polvo, remueve con energía.
Vierte la nata líquida en la sartén, esa nata que se desliza sedosa y envuelve todo a su paso. Devuelve los medallones a la sartén, baja el fuego a medio y deja que todo se cocine junto durante cinco minutos. El aroma que se desprende en ese momento es prácticamente irresistible: es la gloria en forma de vapor.
Justo antes de servir, espolvorea el parmesano rallado sobre los medallones y corona el plato con las hojas de albahaca fresca, sin cocinar. Que contraste entre la cremosidad tibia de la salsa y la frescura de la hierba aromática, entre la elegancia italiana del prosciutto y la robustez del cerdo español. Doce minutos totales, desde el corte hasta la mesa. Eso es todo lo que necesita esta receta para demostrar que los mejores platos no requieren maratones en la cocina, sino solo ingredientes que se respeten mutuamente.






