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Un siglo de tensión: la batalla silenciosa por los pastos de una montaña leonesa

En agosto de 1926, el alcalde de Mieres desembolsó una fortuna en pesetas. José Sela y Sela pagó 415.600 pesetas —unos 2,5 millones de euros actuales— por un trozo de montaña que ni siquiera estaba en su provincia. El Puerto de Pinos, casi 13 kilómetros cuadrados de pastos en la comarca babiana de León, pasaba a manos del concejo asturiano. Era un negocio que tenía sentido: Mieres se moría de hambre de prados mientras sus minas devoraban la tierra. Comprar verdaderos pastos de verano en las alturas leonesas significaba garantizar forraje verde para el ganado durante generaciones.

El difunto propietario anterior, Francisco Fernández Blanco Sierra Pambley —filántropo y alma de la Institución Libre de Enseñanza—, había dejado instrucciones precisas en su testamento. Si el puerto se vendía, no podía perjudicarse a los pequeños pueblos babianos. Así que el contrato incluyó un derecho: los ganaderos de Pinos, Candemuela, San Emiliano y Villargusán podían llevar sus reses a pastar al puerto. Todavía hoy existe un monolito erigido en honor a Sela y Sela junto a esos pastos.

Lo que nadie previó fue el caos que traería esa cláusula sin límites. El documento de Mieres establecía con precisión militar cuándo podían llegar las vacas asturianas: 630 exactamente, más 5.050 ovejas, a partir del 1 de junio. Pero para los leoneses, el contrato guardaba silencio. Ni fechas, ni cantidades. Nada.

Durante casi cien años, este vacío legal ha alimentado una pelea sin tregua. Los ganaderos de Mieres reclaman que sus colegas babiani llegan antes de lo debido, despojando los mejores pastos cuando aún son tiernos. Los pueblos de San Emiliano contraatacan: Mieres lleva mucho más ganado del pactado, usando el puerto como si fuera territorio suyo. Se trata de un conflicto visceral que toca fibras profundas en comunidades rurales donde el ganado sigue siendo vida o muerte económica.

Hoy, el Puerto de Pinos sigue siendo uno de los enclaves más valiosos de España para la ganadería extensiva. Sus pastos veraniegos nutren animales que darán carne, leche, lana. Pero cada junio, cuando llegan los primeros rebaños, vuelve a encenderse una tensión que tiene más de un siglo de antigüedad. ¿Quién llegó primero? ¿Quién tiene más ganado? ¿A quién le pertenece realmente esta montaña fronteriza?

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