Cuando llega el final del verano, los calabacines alcanzan su mejor momento. Son más sabrosos, cuestan menos y prácticamente todos tenemos una lata de atún guardada en la cocina. Con solo esos dos ingredientes y un poco de ingenio, consigues una cena lista antes de lo que tarda en hervir agua.
La receta es tan directa que casi no merece llamarse así. Corta los calabacines en láminas finas —una mandolina acelera el trabajo si la tienes— y llévalos a una sartén con aceite caliente y un diente de ajo picado. Apenas un minuto de calor es suficiente; el objetivo es que se abanden sin perder textura. Aquí entra en juego el sentido común: sal, pimienta negra y las hierbas que tengas alcance. Una pizca de orégano funciona perfecto.
Mientras los calabacines aún están tibios, añade el atún escurrido de la lata y mezcla con decisión para que todo se integre correctamente. El calor residual ayuda a que los sabores se conozcan entre sí sin necesidad de volver a encender la hornilla. Sirve directamente en el plato y ya está.
¿Quieres darle un toque extra? Una lluvia de ralladura de limón fresco y un puñado de nueces picadas lo elevan, pero es pura frivolidad culinaria. El plato funciona de maravilla sin esos añadidos. Lo que importa es que tienes una cena completa, proteína incluida, sin haber pasado más de diez minutos en la cocina ni haberle hecho un agujero a la cartera.
Hay un momento cada año cuando cocinar se simplifica así de mucho: cuando los ingredientes correctos están al precio adecuado y en su punto. Estos son esos días. El atún de lata ha dejado de ser la opción de emergencia para convertirse en un aliado serio en la cocina de quien tiene prisa pero no quiere renunciar a comer bien.








