Cervecería Arturo: los secretos de un bar sevillano que domina el arte de la caña perfecta

Cuando el termómetro roza los 40 grados en pleno verano sevillano, los bares de la ciudad se convierten en refugios donde la cerveza fría es casi una religión. Los hosteleros andaluces han perfeccionado técnicas que en otros lugares suenan casi a leyenda urbana. Pero en Cervecería Arturo, un establecimiento nacido en 1966, la obsesión por servir la cerveza a la temperatura más baja posible va mucho más allá de lo convencional.

El primer truco es tan simple como eficaz: los tanques de cerveza reposan sumergidos en agua con hielo y sal. No es magia, es química pura. Ese método que muchos usan en casa para enfriar rápidamente una bebida funciona también en bares como este, manteniendo la cerveza casi helada de forma constante. Tanto es así que en el letrero del local proclaman con orgullo el secreto: «tanque de salmuera» está escrito bien grande para que nadie lo olvide.

Pero hay más. La cerveza no se sirve en un vaso cualquiera. Llega a la mesa en lo que aquí llaman «maceta», ese vaso fino de sidra que cada vez gana más adeptos en Andalucía. Estos recipientes se guardan en nevera a apenas 1 grado de temperatura, el punto exacto donde el vidrio está lo bastante frío para la cerveza perfecta, pero sin que se forme escarcha que malogre la experiencia. Es un equilibrio que requiere precisión, casi obsesión.

Arturo Visuerte fundó el bar hace casi seis décadas en la calle Séptimo Día. En 2014 traspasó el negocio a su hijo, que lleva el mismo nombre y heredó tanto el oficio como la pasión por la cerveza bien tirada. Hace unos meses, el hijo decidió expandir el imperio: abrió un nuevo local en la Avenida de Montes Sierra, más grande pero fiel a los principios del original. Aquí solo sirven cerveza, tapas frías y marisco recién cocido. Nada de cafés, copas ni desayunos.

El 7 de septiembre pasado, durante la inauguración del nuevo espacio, Cervecería Arturo estableció un récord de vértigo. Abrieron un barril cada quince minutos. En el local original, durante un día normal, llegan a pinchar entre seis y diez barriles. La cifra habla por sí sola sobre la sed que existe en Sevilla por una caña hecha con verdadera devoción.