Acabó la era de los nombres grandilocuentes y las demostraciones en carreteras reales con clientes como conejillos de indias. China aprieta las tuercas a la conducción autónoma desde el 1 de enero de 2027 con normas que buscan detener una década de exageraciones del marketing automotriz.
La nueva regulación GB 47955-2026 exige que los sistemas de asistencia a la conducción detecten cuándo el conductor no presta atención y se desactiven automáticamente si ignora las advertencias. No es una sutileza normativa: es el reconocimiento de que algo andaba mal. Durante años, fabricantes chinos siguieron el camino trazado por Elon Musk y Tesla, llamando «conducción autónoma» a lo que en realidad era un control de crucero mejorado con mantenimiento de carril —en la jerga internacional, nivel 2 de automatización—. Siete de cada diez coches nuevos vendidos en China ya incorporan estos sistemas de asistencia combinada. El problema: la mayoría de los conductores creían tener algo que no tenían.
Un accidente en marzo de 2025 con un Xiaomi SU7 que causó tres muertes probablemente aceleró las decisiones de Pekín. El Xiaomi, ese coche de 2.200 kilos con 673 caballos de potencia, lucía unas pinzas de freno espectaculares en la publicidad. Por dentro, discos y pastillas apenas más grandes que los de un SEAT Ateca. Hubo gente que compró el coche creyendo que conducía solo. No era así.
Las nuevas reglas son claras y casi brutales en su simplicidad. Se prohiben términos como «conducción automática», «autopilot» o «conducción inteligente avanzada». En su lugar, solo está permitido decir «conducción asistida L2» o el nivel que corresponda. Solo los niveles 4 y 5 merecen realmente el nombre de conducción autónoma. Las marcas también deben olvidarse de promocionar funciones de aparcamiento automático en redes sociales; esos valet digitales que traen el coche desde el fondo del parking desaparecen de la ley. China ha visto suficientes videos virales de coches que supuestamente aparcan solos.
¿Qué cambió en Pekín? La presión social. Durante años, el gobierno permitió que la industria jugara con las expectativas de millones de consumidores conectados que veían en el coche la extensión natural de su smartphone. Ahora cobra facturas. Las autoridades chinas obligan a la industria a ser honesta, o al menos a hablar el mismo idioma que el regulador. Las marcas que incumplan enfrentarán multas y restricciones de venta.
La regulación es global en ambición pero local en aplicación. Tesla y otros fabricantes occidentales operan en China bajo estas mismas normas desde enero de 2027. La competencia por seducir al consumidor hiperconectado continúa, pero ya no bajo falsas promesas.






