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El sistema de inspección más caro del mundo condena los autos japoneses a una vida corta

Una grúa baja el contenedor del camión en el polvoriento patio de una nave bajo el sol de justicia de los Emiratos Árabes Unidos. Dos operarios, sin protección alguna, abren con cierta dificultad las puertas del contenedor. Dentro, varios Nissan y Toyota troceados para poder llenar el espacio hasta arriba. A primera vista parecería chatarra pura, pero la realidad es mucho más compleja: son coches muy recientes, bastante nuevos, y la mayoría volverá a circular en otro país. Por improbable que suene, esos vehículos convertidos en piezas encontrarán comprador. Solo una minoría se quedará en los Emiratos; el resto terminará en otras partes de Asia y África, principalmente vía Benin. Los Emiratos se han consolidado como epicentro mundial para importadores y exportadores de automóviles usados.

Detrás de este fenómeno global está una realidad poco conocida: el mercado automovilístico japonés depende de una inspección técnica local extraordinariamente cara, conocida como «Shaken». Tres años después de la compra, todos los vehículos nuevos deben pasar por esta costosa revisión. A partir del cuarto año, la exigencia se repite cada dos años. Los automóviles con más de una década de antigüedad enfrentan inspecciones anuales. El costo ronda los 100.000 yenes, aproximadamente 714 euros, cifra que empequeñece los 40 euros de media que cuesta en España.

Lo realmente problemático es que el Shaken permite algo inusual: si el vehículo falla, el propio organismo de inspección realiza las reparaciones con sus propias tarifas. La revisión suele extenderse más de un día y el precio final puede dispararse muy por encima de esos 700 euros iniciales. Como consecuencia, la mayoría de los propietarios japoneses vende sus coches con apenas tres o cuatro años de uso. Pocos conservan sus vehículos más allá de una década. Muchos optan por darlos de baja y comprar modelos nuevos. Este ciclo mantiene la demanda interna en niveles elevados, impulsando las ventas nacionales de automóviles.

Mientras tanto, cientos de miles de vehículos en condición prácticamente perfecta terminan exportados como coches usados o desguazados. Esa «chatarra» viaja hacia África, Asia y los Emiratos Árabes. Una vez en destino, algunos automóviles se reconstruyen, aunque sea ensamblando piezas de dos o tres vehículos diferentes, para luego pintarlos, limpiarlos y venderlos. No todos los coches troceados se reciclan de esta forma. La inmensa mayoría se despieza: sus componentes se rescatan para alimentar el mercado de repuestos de segunda mano, tanto a nivel local como para exportación. El sistema que Japón creó para mantener su industria doméstica activa ha terminado alimentando un comercio global de automovilismo de supervivencia en las naciones más pobres del planeta.

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