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El suflé de queso, ese milagro en la mesa que sigue sorprendiendo tras siglos

Hay platos que desafían la lógica. El suflé de queso es uno de ellos: una mezcla que parece destinada al fracaso —claras batidas, queso, una salsa blanca— se transforma en el horno en algo etéreo, esponjoso, casi imposible de conseguir a la primera. Y sin embargo, aquí sigue, decorando mesas de celebraciones desde hace más de doscientos años.

La versión clásica es elegante por su simplicidad: queso fundido en una base cremosa, las claras de huevo montadas a punto de nieve que atrapan aire y le dan esa textura característica. Pero como ocurre con muchos clásicos, admite pequeñas conspiraciones en la cocina. Añadir pimiento rojo asado transforma el plato sin desvirtuarlo. El pimiento aporta una dulzura sutil que contrasta con la intensidad del queso, y ese color rojo vivo que asoma entre las grietas del suflé dorado es lo que hace que cualquiera quiera probarlo antes de que llegue al comedor.

La verdadera batalla ocurre en la cocina, no en la mesa. El proceso requiere paciencia: hacer una beurre manié, mezclar con la leche caliente removiendo sin parar durante diez minutos, esperar a que enfríe lo justo para agregar las yemas sin que se cuezan en la sartén. Luego están las claras. Bátelas en un recipiente limpio —ni una gota de grasa o fracasarán— hasta que alcancen ese punto de nieve donde volteas el bol y no se caen. Después, lo más delicado: incorporarlas a la mezcla con movimientos envolventes, suavemente, para no perder ni un gramo del aire que costó tanto conseguir.

Puedes hacerlo en moldes individuales o en una fuente grande; los moldes individuales cocinan más rápido y lucen impresionantes, pero requieren más trabajo. Lo importante es cubrir bien el molde con mantequilla y harina, pasar un cuchillo romo por el interior del borde para que suban uniformes, y meterlo en el horno bajo, con calor arriba y abajo, durante veinticinco minutos. Ahí está el drama: sabes que en algún punto, probablemente cuando menos lo esperes, la mezcla traidor abandona su forma plana y empieza a crecer.

Si el pimiento no te llama, el queso solo funciona perfectamente. Pero elige uno con personalidad: un manchego, un azul, un cheddar fuerte. Rallado se funde rápido; en dados, si te gustan las sorpresas en cada bocado. Sea como sea, la magia sucede cuando lo sacas del horno: hinchado, ligeramente temblando, con ese color dorado que promete sabor. Sirve inmediatamente. Los suflés no esperan.

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