Ni te la imaginas. Ese es el lema del patronato de turismo de Soria, y resume perfectamente por qué esta ciudad castellana permanece en el olvido mientras otros destinos españoles agonizan bajo el peso de las multitudes. Pero algo está cambiando. Los viajeros que buscan escapar del circuito turístico masificado descubren cada vez más a esta capital de provincia, pequeña de tamaño pero monumental en historia, donde cada piedra cuenta una época diferente y el río Duero corre junto a plazas que parecen detenidas en el tiempo.
La clave está en lo que Soria ofrece: un casco histórico compacto que recorres a pie en una mañana, sin necesidad de mapa ni aplicaciones móviles. Aquí todavía funciona el turismo de verdad, el que permite respirar. Incluso Lonely Planet la recomienda a los viajeros extranjeros como una de las capitales de provincia más auténticas para quienes quieren escapar de la «España de postal». Y tiene razón. En las calles de Soria late el pulso de la Castilla medieval, con sus soportales tradicionales, sus fachadas de piedra arenisca y sus iglesias románicas que rivalizan con las catedrales de ciudades más famosas.
La ruta obligada comienza en la Iglesia de Santo Domingo, donde la fachada del siglo XII muestra un rosetón en forma de aspa y portadas decoradas con imágenes del Antiguo Testamento que demuestran por qué esta obra figura entre lo mejor del románico castellano. No es un templo más. A pocos pasos está la Iglesia de San Juan de Rabanera, levantada en 1270 y declarada Monumento Nacional hace casi un siglo. Entre ambas iglesias discurre la calle El Collado, la vía comercial peatonal donde la vida local acontece sin teatralidades: gente que compra, que pasea, que vive la ciudad como propia.
Perderse por las callejuelas perpendiculares revela mansiones nobiliarias como el Palacio de los Condes de Gómara, un edificio renacentista del XVI que hoy funciona como Audiencia Provincial pero conserva su portada heráldica intacta. La Plaza Mayor, de planta rectangular irregular, reúne los edificios clave: la casa consistorial, la antigua Audiencia con su reloj peculiar, la iglesia de Santa María la Mayor. Fue en este último templo donde Antonio Machado, el poeta que inmortalizó a Soria en sus versos, contrajo matrimonio con Leonor Izquierdo en 1909. Ochenta años después, esa misma iglesia sigue siendo el corazón de la ciudad, indiferente a las modas.
Lo que sorprende a quien llega en otoño es el silencio, la luz dorada sobre los muros de piedra, la ausencia de ruido de fondo de comercios de souvenires. Soria no se ha vendido. Todavía. Eso la hace irresistible para quien busca algo que ya no abunda en el turismo español: autenticidad.






